Una niña de 2 años, una tortuga de peluche, más de 100 kg en material y un recorrido en bicicleta de 430 km entre volcanes de nombre impronunciable, geiseres, lodos burbujeantes, enormes masas de hielo y rugientes cascadas.

Recorrer en bicicleta Islandia es una experiencia única de paisajes infinitos inalterados por la mano del hombre y cambiantes condiciones meteorológicas, donde el viento y la lluvia son muchas veces el único compañero de viaje. Recorrerla, además, en familia, lo convierte en un verdadero viaje de descubrimiento, más allá de los límites de la zona de confort, el maravilloso mundo donde todo sucede. Una pequeña gran aventura, parafraseando al francés Marcel Proust, que “no tiene como objetivo buscar nuevos paisajes, sino mirarlos con nuevos ojos”, los ojos de una niña de 2 años.

 

Cámaras de repuesto, tienda de campaña, pañales, hornillo, pantalones impermeables, biberón… todo listo. El cambiante clima islandés, resultado de la eterna batalla entre las corrientes dominantes procedentes del Caribe y la fría masa de aire ártica, tampoco quiere perderse la fiesta. El cielo está plomizo y la temperatura insultantemente baja a escasos días de la llegada del solsticio de verano. Tan pronto rompe a llover como sopla una fuerte racha de viento. Por delante tan solo la excitante incertidumbre que debería regir todo viaje.

La península de Reykjanes nos da la bienvenida. Una tierra baldía azotada por los vientos, que pronto descubrimos que con descaro se empeñan en soplar siempre en nuestra contra. Nuestro lento pedaleo, lastrado por un remolque con cerca de 50 kg donde una pequeña niña agarrada a su tortuga de peluche no pierde detalle de todo lo que ocurre a su alrededor en su privilegiado y acogedor asiento, nos descubre un paisaje marciano, irreal, habitado casi en exclusiva por las aves, las reinas en este enorme desierto de antiguos ríos de lava y lejanas erupciones. Por suerte una carretera terrícola nos permite abrirnos paso enlazando diminutas poblaciones con nombres de trabalenguas: Grindavik, Þorlákshöfn, Eyrarbakki… pequeñas islas de civilización que nos permiten avanzar por una naturaleza sorprendente e indómita hasta nuestro primer gran objetivo: Selfoss. Llevamos 3 días sin ver el sol, a pesar de que por la latitud y la época del año podemos disfrutar de luz las 24 horas del día en nuestra pequeña casita de tela ambulante. No hemos hecho más que comenzar, pero el constante frío, el viento y la lluvia parecen haber hecho algo de mella en nuestro ánimo. La pequeña, en cambio, rebosa energía, se le encienden los ojos cada vez que ve pasar una bicicleta, ansiosa de continuar la aventura, mientras devora un pylsur, los perritos calientes que los islandeses comen a todas horas. El viento sopla a favor.

WildTrip - Islandia en bicicleta con niños

En un país con poco más de 300.000 habitantes y con una de las tasas de densidad de población más bajas del mundo, el aislamiento es la norma, incluso hasta en la carretera N1, la vía principal del país que circunda la isla y por la que debemos continuar nuestro viaje. El paisaje, otrora desolado, se convierte en fértiles campos moteados de cientos de ovejas y melenudos caballos, al tiempo que en la lejanía comienza a distinguirse las siluetas de los icónicos y destructivos Hekla y Eyjafjallajökull. Tierra de volcanes.

Un paisaje totalmente cautivador en el que Julio Verne imaginó el inicio de su “Viaje al centro de la tierra”, y que no deja de descubrirnos nuevos tesoros naturales en forma de estruendosas cascadas, glaciares colgantes o infinitas extensiones estériles en nuestro camino hacia los acantilados basálticos de Vik, la ciudad más lluviosa del país.

Unas diminutas poblaciones, cada vez más alejadas entre sí, van marcando el ritmo de nuestro viaje, en el que vamos arañando penosamente kilómetros al marcador. Apenas hay lugares donde pararse y abastecerse entre población y población, tan solo esporádicos encuentros con pistas de tierra que nos invitan a dar algún que otro rodeo en completa soledad o incluso adentrarnos hacia los highlands por quebrados caminos. Por suerte en esta tierra de contrastes, árida y desolada, también hay espacio para la famosa hospitalidad islandesa, que nos permite, en una de las noches más lluviosas, reponer fuerzas a salvo en un acogedor cobertizo.

WildTrip - Islandia en bicicleta con niños

Llevamos una semana pedaleando, unas veces por el infierno otras por el paraíso, según los dictados del errático clima islandés, cuyas previsiones meteorológicas a duras penas coinciden con la realidad. La pequeña es una más del equipo, ayuda a montar la tienda de campaña, se ajusta ella también su casco y guantes, esquiva los picotazos de los charranes árticos que no dudan en atacar a todo aquel que se acerque a sus polluelos, y a la hora de parar, persigue ovejas sin éxito y se relaja junto a sus padres después de una dura jornada de bicicleta sumergida en alguna de las más de 100 piscinas geotermales que salpican el país.

Vatnajökull, la colosal masa de hielo que cubre el 8% de Islandia, aparece al fin, como en un sueño, ante nosotros. La parada final de nuestro viaje. Imposible no evitar una sonrisa. Entre medias un último obstáculo, el inmenso sandur de Skeiðarársandur, una enorme y aparentemente infinita extensión de 40 km2 cubierta por sedimentos arrastrados principalmente por los jökulhlaup, colosales inundaciones causadas por los volcanes al derretir los glaciares que los cubren, y azotada constantemente por fuertes vientos que nos citan para la batalla final. Un último esfuerzo para una pequeña gran aventura inolvidable, un viaje repleto de paisajes increíbles, de experiencias en contacto directo con la naturaleza y pequeños detalles que sólo en compañía de una niña y su tortuga de peluche es posible contemplar, más allá de los límites de la zona de confort, el maravilloso mundo donde todo sucede.

 

(*) Artículo publicado en la revista Sense Limits Aventura nº5 (septiembre 2015)

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