niños y naturaleza

¿Que ocurriría si todo el mundo cogiese una flor? Quizá la gente se preocuparía más por la naturaleza.


Fue el niño de las piedras el que hizo que Matthew Browning se diese cuenta. Browning era guardabosques del Parque de Mount Mitchel, en Carolina del Norte, y al igual que el resto de guardabosques había sido aleccionado para dar un pequeño discurso si pillaban a los niños cogiendo flores, conchas o rocas. Él lo explicaba de este modo: “Debías arrodillarte con calma y decirle «Te he visto cogiendo flores. ¡Eso es muy bonito! Ahora piensa que pasaría si cada niño cogiese una flor». Y entonces se suponía que se tenían que sentir culpables”.

Browning había dado esa pequeña charla en multitud de ocasiones. Pero aquel día de agosto del año 2009, vio en el restaurante del parque como un guardabosques llamaba la atención a un niño de unos 8 años que llevaba la mano llena de grava de la carretera. “Era grava que comprábamos en la tienda” comentaba Browning. “Me puse enfermo. El muchacho estaba cabizbajo. Estaba tan emocionado por la visita al parque que quería llevarse un pequeño recuerdo a casa. Más que un sentimiento de amor y respeto por la naturaleza, la lección que se llevaba a casa era la de que ir a la naturaleza era sinónimo de meterse en problemas”.

El encuentro dejó a Browning pensando. ¿Qué pasaría si cada niño cogiese una piedra o una flor? ¿Realmente el parque se convertiría en un páramo desierto? Bueno, pensó, depende qué piedras y qué flores. “Lo que los niños se llevaban era grava y maleza, no raras y delicadas orquídeas”.

Llevarse pequeños souvenirs de la naturaleza es sólo una de las muchas cosas que los niños no pueden hacer en la naturaleza. En muchos parques y terrenos públicos, los guardabosques, padres o profesores advierten a los niños que no deben abandonar el camino, no deben escalar rocas o árboles, golpear los árboles con palos, construir refugios, cavar agujeros, mover rocas de un lado a otro, ni gritar o incluso hablar demasiado alto. Prohibido jugar en la naturaleza ¿Divertido, verdad?

Por supuesto, no todos los niños o padres saben diferenciar las malas hierbas de las flores que están en peligro de extinción. Hay algunos parques con mucho flujo de visitantes donde los senderos alternativos son un auténtico problema. Y sí, hay zonas muy sensibles donde la recolección de flores o incluso la eliminación de rocas destruiría su singular belleza y biodiversidad por lo que fueron protegidas en un primer momento. Sin embargo, hay 640 millones de acres de terreno público en los Estados Unidos. Seguramente hay sitio en algún lado para jugar un poco.

 

Foto: shutterstock

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Hay excepciones a las restricciones: cazar, pescar, recolectar setas o leña, y otras actividades en terrenos públicos que están reguladas pero permitidas. Pero no todas las familias cazan o pescan, y sin duda para los niños más pequeños, no son actividades que puedan realizar por sí solos. Sin embargo la experiencia que preocupa a Browning está en peligro en los Estados Unidos, la simple y llana diversión sin reglas en la naturaleza que muchos adultos recuerdan con cariño.

Cuando Browning dejó el Parque Mount Mitchell, descontento, comenzó a pensar en cómo recuperar esta experiencia. Entró en la Universidad para estudiar el uso recreativo de los espacios naturales. Luego oyó hablar de las “áreas de juego naturales” en Europa: zonas aparte donde los niños pueden salirse de los caminos, escalar árboles, recoger muetras, y en general dejar el máximo de huella posible con la mínima supervisión adulta posible. Existen muchos lugares informales así, donde se permite que los niños jueguen libres en la naturaleza.

Esta era una manera de poner a prueba la afirmación de que dejar a los niños hacer lo que quisieran era arruinar irremediablemente el ecosistema.

Así que se fue un verano a Escandinavia. “Comencé a enviar emails a personas de toda Suecia para localizar lugares naturales con señales de haber sido usados por niños”. Cuando localizaba un área de juego natural, se acercaba al lugar y con un método estandarizado comenzaba a recoger información de los daños que habían ocasionado los niños sin la vigilancia de un adulto.  Estableció su base en Uppsala y para el final del verano visitó las escuelas primarias locales porque “todas ellas contaban con bosques donde los niños jugaban”.

Los datos mostraron que efectivamente, los niños dejaban huella en la naturaleza. Rompían ramas de los árboles, abrían numerosos senderos, compactaban el suelo haciendo imposible que nada pudiese crecer. Pero después de millones de horas de malicioso uso infantil, estas áreas de juego se mantenían funcionando como áreas naturales. El daño ocasionado por los niños era comparable al de ir de excursión o hacer camping. “Los árboles no se quedaban sin ramas, ni desaparecía la vegetación”.

Para Browning, ahora graduado por la Universidad de Virginia, el efecto del juego es un pequeño precio a pagar para permitir que los niños disfruten, tener ese placer insustituible y crear recuerdos que regresaran a ellos.

“Cada parque tiene que tener una de estas áreas”, afirma.

 

Foto: shutterstock

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Browning imagina este cambio más allá de la creación de lugares acordonados para una experiencia independiente de los niños con la naturaleza. Imagina a los guardabosques recibiendo a los visitantes con un mensaje un poco más complejo que “No tocar”. Imagina un cartel o un anuncio en los mapas del parque que dé a los padres una serie de pautas: “Aquí hay flores comunes que no queremos en nuestro parque. Los niños pueden llevarse ramos enteros”. O “estas son algunas de las piñas que puedes recoger en el parque”.

Richard Louv, autor de “Last Child in the Woods”, está de acuerdo con que los parques tienen que dejar sitio para que los niños jueguen. “Si los niños no tienen algún tipo de conexión con la naturaleza de forma práctica e independiente, entonces probablemente no desarrollarán el amor por la naturaleza y no entenderán la necesidad de los parques y de la preservación de las especies en peligro” dice. “Si no conoces algo es improbable que te guste”.

Existen investigaciones que respaldan esta intuición. Un estudio en el Journal Children, Youth and Envirenments demostró que entre la gente que había terminado dedicándose a la naturaleza y la conservación, la mayoría había tenido una infancia llena de juego no estructurado en la naturaleza, algunos de los cuales “no eran sensibles al medio ambiente según las normas de los adultos, sino que incluía la manipulación del entorno por medio de juegos de guerra, construcción de fortaleza, interpretación de personajes de libros y películas infantiles populares, etc…”.

Browning no habló mucho con los niños de las áreas de juego naturales que estudió, pero en una de las escuelas interactuó con un niño de unos 12 años que se le acercó. “Hablaba de cómo iba a cortar ramas y construir fortalezas y tirar piedras. Tenía un cuchillo y decía que tallaba palos y los convertía en lanzas y cosas así”.

Pero cuando le preguntó si alguna vez había clavado el cuchillo en un árbol vivo, él chico le miró horrorizado. “¡No!” dijo. “Eso haría daño al árbol, le haría daño igual que me lo haría a mí”.

“Estos son los valores que estaba intentando enseñar” exclamó Browning. Aquí no había una lealtad taciturna a las prohibiciones, no había una abnegación codificada como “no dejar huella”, sino una relación activa entre naturaleza y clara empatía con otras formas de vida.

Browning defiende que esta es la mejor manera de enseñar valores, de construir adultos que se preocupen por la naturaleza, porque él fue ese niño con el cuchillo. Nacido en 1983 tuvo ese tipo de infancia que pocas personas a su edad tenía, 20 acres de bosques al sureste de Iowa. “Salía y regresaba a la hora de dormir. No sabía ni donde estaba. Con solo 10 años recorrí millas saltando el vallado para el ganado”. Y dejó multitud de huellas: “Recuerdo correr por sendas de ciervos pretendiendo ser uno de ellos. Corría junto a los saucos golpeándolos, me deslizaba por los taludes dejando restos en los ríos”. Sin embargo hubo cosas que no hizo. No clavó clavos en los grandes y viejos árboles. Tuvo cuidado para poder seguir divirtiéndose con ellos, porque eran su amigos.

 

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Charlie Peek, portavoz de la North Carolina Division of Parks and Recreation, dice que el parque Monte Mitchell y otros parques estatales tratan de encontrar un equilibrio entre la seguridad, la protección del parque y dejar que la gente explore y participe. Los niños no son realmente el problema, dice. “Tenemos muchos problemas con los adultos. Los niños son más tímidos”.

De todos los terrenos públicos, los Parques Nacionales tienen las normas y la cultura menos permisivas. Y por una buena razón: en ellos se encuentran los lugares más frágiles y queridos. También aquí se concentran la mayoría de visitantes: más de 273 millones al año en sus 80 millones de acres, comparado con los cerca de 160 millones de visitantes a los Nacional Forest o los 68.000 del Bureau of Land Management. Para muchas familias, las vacaciones a un Parque Nacional son su primer contacto con la naturaleza. A pesar de que los Parques Nacionales están más concurridos que otras áreas naturales, 80 millones de acres siguen siendo 80 millones de acres. No estoy sugiriendo dejar que los niños hagan lo que quieran, sino crear una zona de juegos proporcional y adecuada, alejada de los lugares más característicos o históricos, sería tan barato como poner un par de señales y limitar la zona. Y con ese pequeño costo, la diferencia podría ser enorme en la educación de millones de niños.

Kathy Kupper, portavoz del Nacional Park Service, afirma que a partir de ahora, no habrá zonas de juego apartadas de los senderos. “Cuando la gente abandona los senderos acaba perdiéndose, o metiéndose en problemas, o dañando la naturaleza” dice. “Apostamos por llevar a los niños a los parques y que exploren, pero más allá de eso defendemos que no se debe dejar huella, dejándolo intacto para los demás”.

Pero al indagar en su propia infancia, las experiencias que presumiblemente la llevaron a desarrollar una carrera de 20 años como guardabosques y posterior ascenso a portavoz del National Park Service, Kathy se acuerda de muchas aventuras alejada de los senderos. “Construíamos refugios – refugios de chicos y de chicas con columpios para cruzar el arroyo”. Intenta poner un columpio sobre un arroyo en un Parque Nacional, y, dice Kupper, lo retirarán. “Por razones de seguridad y para proteger los árboles”.

Sin embargo, ¿quién ayudará a los árboles cuando todos los niños que construían refugios en la naturaleza ya no estén y la gente con edad de votar pase su poco tiempo al aire libre sin salirse de los senderos, con las manos en los bolsillos, dejando el bosque sin ser tocado ni amado?

 


Fuente: Let get Kid Wild on the Wood, escrito por Emma Marris, escritora freelance especializada en medioambiente. Autora de Rambunctious Garden: Saving Nature in a Post-Wild World, y traducido porWildKids.es